LOS ECOS DE JUDE
1
LA FAMILIA NO SE ELIGE
Esta es la historia de Jude.
Como en todas las historias, para entenderla debemos conocer primero a quienes la rodean. Y, aunque hablar de otra persona no es lo ideal para conocer a la protagonista de tu siguiente historia, el caso de Jude es especial.
Y es que Jude nunca se creyó capaz de encabezar una historia. De vivir nada reseñable, nada que pudiera despertar el interés de nadie. Quizá su problema fue que se asumió quién era mucho antes de que ella misma pudiera descubrirlo. Que nunca se le dio la oportunidad de conocerse más allá de lo que se esperaba de ella. Que creció rodeada de personalidades tan fuertes que, en comparación, ella jamás pudo ponerse de puntillas y romper el techo de su propia jaula.
Hablaremos de ella. De cómo creció, se enamoró y le rompieron el corazón. De quién le dijeron que era, de quién descubrió que podía ser.
Pero no te quiero abrumar con los detalles, así que busca un lugar cómodo donde sentarte, hazte con una bebida caliente y acepta este guiño de ojo que acabo de ofrecerte.
Ahora sí. Empecemos por el principio.
Penelope Louise Portman siempre supo que era especial. Sabía que tenía ese toque mágico que tanta gente se pasa la vida entera buscando. Mucho antes de hacerse famosa, ya sabía que iba a ser de esas personas que no se olvidan. No era de las que se marchaban del mundo con una cuenta pendiente. Y no iba a pasar por la vida de puntillas. Si había na-
cido para ser vista, la verían como a ella le diera la gana. Sin vergüenza. Sin esconderse. Siendo ella misma, le pesara a quien le pesara.
Hija única de una familia acomodada, Penny sentía que su vida no tenía suficientes dificultades. Siempre le había gustado escuchar los dramas de las personas que la rodeaban y no podía soportar no tener uno propio. Tenía que ser la protagonista para lo bueno y también para lo malo. Decidió empezar a trabajar en el Melody Lane, el que en su momento fue el único bar karaoke de su ciudad. Su madre se opuso, motivo por el cual persiguió su propósito con más ganas. Su padre prefirió quedarse al margen de aquella ecuación.
Penny tenía ideas para avivar el local y atraer tanto a turistas como a locales. En aquellos tiempos, la ciudad de Serene Bay, Serena a secas para sus habitantes, era poco más que un lugar más del mapa. Uno sin identidad. Hasta que las fiestas temáticas del Melody empezaron a recorrer las calles, a saltar de boca en boca. Los carteles del local se veían en cada rincón de la ciudad. Los rumores de una preciosa camarera de melena castaña y ojos oscuros llenaban las cabezas de los habitantes. Y estos se sentían un poco decepcionados al encontrarse a una chica con mal humor y poca paciencia.
Fue ese carácter mezclado con sus ojos tristes, ese don para llamar la atención, lo que un buen día hizo que un productor cruzara las puertas del Melody. A esas alturas, Penny se había consagrado como la cantante oficial de Serena. Utilizaba el karaoke a menudo para entretener a los clientes, y la habían apodado Penny Lane porque las canciones de los Beatles eran su especialidad. El productor vio algo especial en ella. Se decía que, cuando cantaba, era capaz de acallar el ruido en las cabezas más ocupadas. Que era imposible olvidarla.
Penny se escapó de casa por molestar a su madre y volvió con un contrato bajo el brazo que, con los años, la convertiría en una leyenda.
Recorrió carreteras, voló en avión por primera vez en su vida, cantó delante de mucha más gente de la que jamás habría soñado conocer… y se enamoró. Muchas veces. Cada una más dramática que la anterior. ¿Su excusa? Bueno, sobre algo tenía que escribir canciones. ¿Qué existe en el mundo más universal que el amor? Mírate a ti, que estás leyendo esta historia.
No obstante, todo lo que sube termina cayendo. Nadie esperaba que Penny Lane lo hiciera en picado.
Lo que sucedió con Penny Lane siempre fue un misterio. Y es que, por mucho que fuera una leyenda, nadie la conocía de verdad. Podría haber sido aficionada a los trenes en su tiempo libre, dedicarse a pintar mandalas, a cocinar para sus seres queridos… Penny siempre hacía especial esfuerzo en mantener una imagen de estrella clásica, de esas que parecen casi inhumanas. Siempre fue inalcanzable. Y ascendió sin miedo a chocar contra el techo.
Hasta que todo terminó.
Podría contarte rumores. También podría echarle la culpa a Jude. Es lo que hace todo el mundo.
Sin embargo, la verdadera historia está en manos de Penny Lane. La que, pese a todo lo que consiguió, pronto fue olvidada. La que pensó que se comería el mundo y terminó apartada en el rincón de los juguetes rotos.
Fue un 24 de junio del año 2000. Penny, que en ese momento apenas rozaba los veinticinco años, casi le provocó un infarto de miocardio a su padre. El parto fue tan rápido —al contrario del que suelen experimentar las madres primerizas— que no fue consciente de sus contracciones hasta que Jude decidió que quería echarle su primer vistazo al mundo. Penny cayó de rodillas sobre la moqueta morada que tanto había odiado a lo largo de su vida. Su padre, desesperado, intentó arrastrarla hacia el coche, su querido Manolito, pero pronto entendió que su nieta no iba a esperar más tiempo.
Curiosamente, a Penny no le resultó tan doloroso como pensó que sería al enterarse de su embarazo. Su cuerpo reaccionó a la pequeña Jude como si la hubiera esperado toda su vida. Como si siempre hubiera formado parte de ella.
Todavía de rodillas en el suelo, sin saber cómo, Penny dio a luz a una niña que no lloró al ver el mundo por primera vez.
Jude llegó al mundo de la misma forma que lo viviría: sin querer molestar a nadie.
Y Penny, desde el primer momento, aborreció a aquella niña extraña y silenciosa. Aquellos ojos oscuros y caídos, iguales a los suyos, que la seguían. Aquella sonrisa que esbozaba cada vez que la veía. Aquel pelo castaño que un día sería exactamente igual al suyo.
Jude no había heredado nada de su padre; todo en ella gritaba el nombre de su madre.
Penny odiaba que todo el mundo le dijera que debería alegrarse de tener a una niña que fuera su viva imagen. Que tenía mucha suerte de que la cría fuera tan tranquila. Que no lloraba ni se quejaba por estar con desconocidos. Sin embargo, ella se sentía como si su propia hija intentara dejarla en evidencia. ¿Por qué no lloraba cuando tenía hambre?, ¿por qué no cogía rabietas como todos los niños que había visto a lo largo de su vida?, ¿por qué siempre parecía mirarla como si no le gustara tenerla cerca?
Pese a los avances de la sociedad y la cabida de la salud mental en la conversación coloquial, nadie estaba preparado para hablar de la depresión posparto. Y Penny, desgraciadamente, jamás fue capaz de ponerle nombre a esa desidia que sentía al ver a la niña. A ese rechazo que le producía que le preguntaran por ella. A que toda su vida y su cuerpo se hubieran visto cambiados.
Ya no era Penny Lane, la cantante. Ahora era Penny, la madre.
Y cómo lo detestaba.
Desde el primer día, supo que esa bebé y ella no tenían nada que ver. Y los años no hicieron que aquella relación mejorara.
Jude se crio entre camerinos, focos y escenarios. Su familia era el equipo de su madre, que eran los que se encargaban de vigilarla cuando Penny Lane estaba ocupada. Llegó al extremo de llamar «papá» a un chico de sonido al que despidieron poco después. Era tan pequeña que se olvidaría de él con los años. De hecho, con el tiempo, iría olvidando muchas de las cosas buenas que le habían sucedido, como si una nube negra se las fuera tragando a cada paso que daba.
A los cuatro años, Penny entró en su camerino y la vio sentada en su silla. Jude era muy pequeña, pero supo enseguida que aquella mirada no era buena. Que no era la forma en que una madre mira a su hija. Y, cuando la subió al coche, supo que iba a tardar mucho en volver a verla. Por primera vez, Jude ascendió la cuesta de Carriers Lane y se detuvo en la última casa sin número ni farola. La que estaba pegada a la colina. Penny la había mandado a vivir con su abuelo en aquella casa de moqueta morada.
Estaba sentada en ella, jugando con unas bolas de hilo, cuando unos meses después le contaron que iba a tener una hermana. Y que iba a llamarse Lucy. A raíz de aquel segundo embarazo, Penny se mudó con ellos.
Con cinco añitos, Jude no entendía todo lo que sucedía a su alrededor. Por ejemplo, que su madre no pudiera salir de casa sin seguridad. O que el abuelo no dejara que Jude hablara con la gente que se acercaba a Penny para pedirle una foto. La niña tampoco entendió, hasta años más tarde, por qué la gente querría una foto con ella o con su madre. O por qué, cada vez que se caía o hacía una tontería en un escenario, una marea de desconocidos se apresuraba a socorrerla. Por lo poco que sabía, los niños solían llevarse regañinas al hacer tonterías. Ella, jamás. Siempre fue intocable. Y eso que Penny apenas la miraba.
Porque lo que Jude siempre entendió, y arrastró durante toda su vida, era que su propia madre era incapaz de quererla.
Quizá no habría dolido tanto de no haber sido porque sí quiso con locura a su hermana pequeña.
Lucy fue un bebé insoportable: no dejaba de llorar, le salían sarpullidos por cualquier tontería, odiaba que cualquiera que no fuera su madre la cogiera en brazos, apenas comía, no le gustaban sus juguetes, golpeaba a Jude… A ver, la golpeaba con juguetes de goma. Lo que le molestaba a Jude era la humillación pública, no el dolor del rebote.
Jude no se sentía orgullosa de sus propios sentimientos, pero siempre tuvo la esperanza de que aquello hiciera que su madre se decantara por ella. La niña que no molestaba. La que cuidaba de su hermana casi a diario. Sin embargo, parecía que a Penny le gustaba que Lucy dependiera de ella. Que la necesitara.
A los diez años, Jude era capaz de cuidar de su hermana de cinco sin problemas. Sabía llamar a urgencias si sucedía algo, poner una lavadora, cambiar un pañal o preparar un biberón. Podía cocinar para diez comensales —y conservarlo después para que durara una semana—, ir a comprar y robar alguna que otra cosilla sin que la pillaran. Sabía diferenciar a quién hablarle y a quién no por la calle —su favorito era un adolescente raro llamado Nino de su misma colina—, arrancar el coche Manolito para su abuelo —aunque tenía prohibido contárselo a otros adultos—, diferenciar casi todas las notas de piano que tocaba su madre —pronto vendieron ese piano—, cantar muchas otras —jamás delante de Penny— y limpiar toda una casa en menos de tres horas.
Con los años, fue perfeccionando todas esas habilidades. Su mayor esperanza era que su hermana la sustituyera en algunas de sus tareas, pero aquello nunca sucedió. De hecho, cuanto más crecía, más responsabilidades tenía Jude. El crecimiento de Lucy sucedió a la vez que la salud de su abuelo empeoraba y, sobre todo, la fama de Penny desapa- recía.
Lo cierto es que Jude nunca la recordaría en la cumbre de su carrera. Cuando ella nació, ya había empezado a caer. Siempre fue una sombra de lo que había sido.
Para cuando Jude cumplió dieciséis años, y cuando empezó esta historia, Penny ya no era más que un recuerdo colectivo. Una imagen que su generación guardaba en su memoria. Un tarareo distraído cuando una de sus canciones empezaba a sonar. Pese a que la gente la reconocía, ya no necesitaba seguridad ni le daban pases rápidos en los locales públicos. Ya no era la misma Penny Lane que había sido durante la década anterior.
Jude fue testigo de cómo el micrófono iba viéndose sustituido por una botella. Nunca supo decir si su madre era alcohólica porque, honestamente, pocas veces podía diferenciar si había bebido o no. Penny casi no hablaba con nadie. Apenas salía de casa. Si estaba borracha, lo estaba para sí misma. Su mirada se perdía por los alrededores, su cigarrillo quemaba cortinas y tapetes al despistarse, sus platos quedaban llenos…
Nuestra protagonista también fue testigo de cómo, con los años, Lucy evolucionaba a una chica bastante independiente. Le gustaba contar con la opinión de su madre para elegir sus modelitos, los colores para teñirse el pelo, la forma que dibujaría en sus uñas… Le encantaba ir al centro comercial con Quinn, su mejor amiga de toda la vida, y luego volver con su madre con toda la información que iba recopilando. Era su manera de mantenerla al día de lo que sucedía en Serena. Y, en cierta forma, Jude veía que Penny vivía a través de ella. Le gustaba escucharla. Le gustaba imaginarse todas aquellas cosas que le contaba. Y, aunque nunca llegó a ser una gran figura maternal para ninguna de las dos, por lo menos Lucy se lo pasaba bien con ella.
No era el caso de Jude.
Con los años, la relación que ella compartía con su madre se deterioró hasta pender de un hilo. Como una flor marchita que nadie recuerda regar. Como un libro mojado que, aunque consigas secar, jamás vuelve a tener la misma forma.
Jude dedicó años y energía intentando entenderla, descubriendo cuáles eran los pasos adecuados para no alterarla, intentando ser como Lucy para ver si alguna parte de aquel amor maternal conseguía hacer un huequecito para ella.
Nunca sucedió.
A los dieciséis años, Jude asumió lo que ningún hijo quiere asumir:
que su madre nunca la querría de la misma forma que a su hermana.
Aunque le dolía hasta niveles que jamás podría expresar, llegó a preferirlo así. Tras tantos años, no sabría qué hacer con una madre que la quisiera. Se había acostumbrado a vivir sin ese amor. Se había acostumbrado, de alguna forma, a ser la figura responsable de aquella casa. Y contaba con el cariño de su abuelo, que, aunque iba en silla de ruedas, la ayudaba en todo lo que podía.
Él sí que la quería, a su manera un poco cascarrabias. Y aquello le parecía más que suficiente. O eso se decía a sí misma, consciente de que nunca podría aspirar a más.
Y aquí empieza esta historia.Te guiño otra vez el ojo, querida ratilla lectora, porque no sabes dónde te estás metiendo.
¿Quieres hablar directamente conmigo o chismear?
